el piso.
Pasé el trapeador una vez.
Dos.
Tres.
No salía.
Me senté y lloré.
No por Esteban.
Por la Brenda de veintinueve años que puso esa cama con esperanza, creyendo que el amor también podía rehabilitar el alma de alguien.
Después abrí las ventanas.
Entró aire.
Aire real.
No olor a pomada.
No cloro.
No sopa recalentada. Sopasy guisos
Aire.
Esa semana fui al centro de Coyoacán.
Sola.
Me senté frente a la fuente, compré un elote con chile del que antes evitaba porque a Esteban le molestaba