Después de cinco años bañando a mi esposo paralítico, lo escuché reírse y decir que yo era “una enfermera gratis”. Ese día no grité… ese día empecé a quitarle todo sin que se diera cuenta.

en una caja, no por cariño, sino como prueba de que hasta los monstruos cómodos pueden verse en un espejo cuando se les apaga el servicio.

No volví con él.

No hacía falta para que mi historia tuviera compasión.

La compasión también puede tener puerta cerrada.

 

Un domingo fui a La Esperanza por conchas.

Compré dos.

Una de vainilla.

Una de chocolate.

Me senté en una banca afuera y las puse sobre mis piernas.

Durante años compré sus favoritas.

Ese día probé la de chocolate. Astronomía

Me gustó más.