de vida.
Una cuenta oculta.
Un testamento donde mi nombre no aparecía ni por error.
Y una carpeta con el nombre de Tomás.
Adentro había depósitos.
Mensuales.
Grandes.
Mientras yo contaba pesos para comprar gas, Esteban le mandaba dinero a su hijo para que se comprara motos, tenis y viajes a Cancún. Familia
Me reí.
Una risa seca.
No de dolor.
De asco.
Esa noche, cuando le estaba dando de cenar, Esteban me preguntó:
—¿Por qué estás tan callada?
Le limpié la comisura de la boca con una servilleta.