un turno largo, apoyaba la cabeza sobre mis piernas y se quedaba allí hasta que mi cuerpo dejaba de estar tenso.
También le daban miedo los truenos.
Eso siempre me había parecido extraño.
Podía entrar conmigo a una casa desconocida sin dudar, pero un estruendo lejano bastaba para que buscara dónde esconder la cabeza.
Bruno llevaba cinco años siendo mi compañero.
Yo me llamo Javier Mendoza. Tenía cuarenta y cinco años y trabajaba en una corporación de seguridad municipal en una ciudad mediana del centro de México.
Habíamos atendido cientos