cabeza.
—¿Qué dice?
Ortega me mostró el teléfono.
“Dejaré de esconderme. Pero solo hablaré si Caleb está presente.”
Debajo aparecía una dirección.
Una vieja iglesia a cuarenta kilómetros del pueblo.
—No vas solo —dijo Ortega.
—Nunca he dicho que fuera a hacerlo.
Tres horas después entré en aquella iglesia acompañado por Ortega y dos investigadores estatales.
Thomas Bell estaba sentado en la primera fila.
Parecía veinte años mayor de lo que recordaba.
Cuando me vio, se levantó.
—Caleb.
No respondí.
Me acerqué hasta quedar frente a él.
—¿Mi hermano está