El sheriff disparó a mi hijo y se rio… pero no sabía quién era realmente su padre

tarde lo encontré solo en el gimnasio de rehabilitación.

Las muletas estaban en el suelo.

Ethan tenía lágrimas en los ojos.

—No puedo.

Me senté frente a él.

—Vale.

Me miró enfadado.

—¿Vale?

—Sí.

—¿No vas a decirme que soy fuerte? ¿Que puedo conseguirlo?

—No.

—¿Por qué?

—Porque hoy quizá no puedas.

Se quedó callado.

—Descansa hoy. Mañana lo intentamos otra vez.

—¿Y si mañana tampoco puedo?

—Entonces pasado mañana.

Miró sus piernas.

—Antes podía correr cinco kilómetros sin pensar.

—Lo sé.

—Tenía universidades interesadas en mí.

—Lo sé.

—Todo