En el cuarto perdió ligeramente el equilibrio.
Me levanté.
—Si me tocas, vuelvo a empezar.
Me detuve.
Cinco.
Seis.
Siete.
Cuando llegó hasta mí, se dejó caer en la silla.
Respiraba como si hubiera corrido una maratón.
—¿Cuántos?
—Siete.
Sonrió.
—La última vez fueron tres.
—Entonces técnicamente has mejorado más del cien por cien.
—Tus matemáticas son horribles.
Nos reímos.
Después Ethan miró hacia sus piernas.
—Papá.
—¿Sí?
—Creo que voy a volver a caminar.
Esta vez no le prometí nada.
No hacía falta.
—Yo también lo creo.
Un año