había recurrido a un donante anónimo tras descubrir que Rodrigo padecía una condición de esterilidad severa que nunca quiso aceptar.
Elisa no pudo evitar que una leve sonrisa amarga se dibujara en sus labios. El hombre que la había humillado minutos antes por no poder darle descendencia era, en realidad, el único imposibilitado para ello. El destino había ejecutado su propia justicia con una precisión aterradora.
Rodrigo dio dos pasos hacia Vanessa, con los puños cerrados y las venas del cuello marcadas por la ira. La arrogancia que lo caracterizaba