intentó retirar las inversiones y descubrió que ya no tenía acceso. Fue al banco, luego al notario y finalmente a un abogado, pero todos le explicaron lo mismo: había firmado por codicia, con plena capacidad y sin coacción.
Aun así, el verdadero castigo no fue perder el dinero. Fue enfrentarse a una vida donde nadie obedecía sus órdenes. Teresa tuvo que vender comida por encargo. Karla consiguió trabajo como recepcionista en un salón de belleza. Por primera vez ambas descubrieron cuánto cuesta ganar los billetes que antes gastaban sin mirar.