Mientras tanto, Lucía libraba una batalla distinta.
Durante diez días recibió suero, suplementos y alimentos especiales. Yo permanecí a su lado, aunque cada vez que una enfermera le tocaba el brazo, ella se sobresaltaba. El daño no estaba solo en el cuerpo. Había aprendido a pedir permiso para comer, para dormir y hasta para usar el teléfono.v
Una noche me preguntó:
—¿De verdad no estás enojado conmigo por no haberte contado?
Sentí vergüenza.
—El que debe pedir perdón soy yo. Te dejé sola y acepté explicaciones fáciles porque me