convenía creer que todo estaba bien.
—Tu mamá decía que si te contaba, abandonarías el trabajo y sería culpa mía que perdiéramos la casa.
—Ninguna casa vale tu vida.
Cuando su estado mejoró, los médicos realizaron una cirugía para retirar el tumor y examinar los ganglios. Los días de espera fueron interminables. Yo caminaba por los pasillos con el mismo miedo que había sentido al verla en el patio, pero ahora no estaba paralizado. Podía acompañarla, pagar el tratamiento y escuchar a los especialistas.
El resultado mostró que la enfermedad