no se había extendido como temíamos. Necesitaba quimioterapia y seguimiento, pero tenía una posibilidad real de curarse.
Lucía lloró al escuchar al oncólogo. No de miedo, sino de alivio.
Los meses siguientes fueron duros. Hubo náuseas, cansancio, noches sin dormir y mañanas en las que no quería mirarse al espejo. Yo aprendí a cocinar caldos, a medir medicamentos y a guardar silencio cuando las palabras sobraban. También vendí la camioneta que mi hermana había comprado con mis transferencias. Usé ese dinero para el tratamiento y para adaptar una pequeña casa