ciudad, de oficina, sin callos. Pero
no se rindió. Esa tarde, nos sentamos a la orilla del río que cruzaba el pueblo. El sonido del agua era relajante. —Tú huiste de algo, ¿verdad? —me preguntó de repente, sin
mirarme, lanzando una piedra al agua. Asentí lentamente. Le conté todo. Le hablé de Mauricio, de la jaula de oro, de cómo su madre me humillaba en las cenas familiares
por no tener “el mismo código postal” que ellos. Le conté cómo Mauricio nunca me defendió, sino que me decía sonriendo: “Valeria,