me paralizó, pero
Mateo se levantó de inmediato y se interpuso entre la puerta y yo. Mauricio bajó de su lujosa camioneta con esa sonrisa cínica que me daba náuseas, pero al clavar sus ojos
en el hombre que estaba a mi lado, su rostro palideció por completo. Nadie estaba preparado para lo que se avecinaba, y la verdad que estaba por estallar nos obligaría a
enfrentar lo impensable…
el silencio de la madrugada en el pueblo. Las luces altas de una camioneta de lujo iluminaron la fachada de la