joyas.
Una tarde, Lupita, la cocinera, le susurró que había escuchado discusiones en el despacho.
—Valeria debe dinero. Mucho. Y el contador vino dos veces sin avisar.
Rosa recordó entonces algo peor: días antes había oído a Valeria decir por teléfono que debía “resolverlo antes de que Alejandro regresara” y que necesitaba “a alguien fácil de culpar”.
Esa mañana, Valeria apareció con una caja de terciopelo vacía.
—La pulsera de zafiros de doña Elena desapareció. Tú limpiaste el despacho.
—Yo no toqué nada.
Valeria se acercó despacio, con una calma