afirmó que había desaparecido semanas atrás. También apareció una fotografía de la pulsera, impresa y doblada, con una cifra escrita al reverso.
Rosa entendió que cada detalle había sido colocado con cuidado.
—Llame a la policía —dijo Valeria—. Quiero que su hijo sepa por qué su madre no regresará hoy.
La crueldad de aquella frase venció el miedo de Rosa.
—La pulsera no se perdió —respondió—. Usted la vendió.
Valeria palideció.
Rosa contó lo que había escuchado: las deudas, el préstamo, las cuentas ocultas y la necesidad de culpar a