con escala en Londres.
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El viaje de regreso fue largo y agotador, pero no pegué un ojo en todo el trayecto. En mi mente solo revivían los veranos en Cape Cod, el olor a salitre en el cabello de Naomi y su risa honesta en la cocina. Me costaba entender cómo había cambiado todo aquello por salones de mármol y sonrisas fingidas.
Llegué a Boston cerca de las siete de la mañana. Tomé un taxi hacia un barrio tranquilo en las afueras, donde