que esconder.
Me dijo
que no iba a ofrecerme casas, ni joyas, ni promesas envueltas en papel caro.
Solo podía ofrecerme verdad, espacio para decir que no y una vida en la que nadie volvería a decidir por mí.
Luego sacó un anillo sencillo, muy distinto al primero, y preguntó si quería elegirlo ahora que por fin conocía la historia completa.
Yo tardé unos segundos en responder, no por duda, sino porque necesitaba sentir el peso exacto de lo que estaba aceptando.
Y entonces dije que sí.
Esta vez no