al apellido.
A él.
Nos casamos de nuevo un mes después, en una ceremonia pequeña, con Rosa llorando en primera fila, mi madre sonriendo sin miedo y Tomás quejándose de su corbata como si eso ocultara que también estaba emocionado.
A veces todavía pienso en aquella primera mansión y en lo fácil que es confundir seguridad con amor cuando has vivido contando monedas.
También pienso en la crueldad de quienes creyeron que la discapacidad de Ethan lo volvía manipulable y que mi pobreza me haría dócil para siempre.
No sé