sus padres habían hecho.
Me dijo que no quería lastimarme, que entendía si yo decía que no, y que jamás me obligaría a nada.
Pero también dijo algo que me terminó de romper: —Contigo, al menos, siento que no estoy solo.
Yo debía haber visto la trampa en esa frase, el peso de la desesperación, la culpa.
En lugar de eso vi al hombre del que me había enamorado.
Acepté.
Me convencí de que quizá aquella locura era la forma torpe que tenía la vida de premiarme después de tanto