Dos días antes de casarse, encontró a su empleada esposada… pero el gesto de su hija lo cambió todo

era pequeña, preparaba su comida, ordenaba su ropa y la acompañaba cada noche hasta que se dormía.

Ahora tenía las manos esposadas detrás de la espalda.

Su ropa sencilla estaba empapada. Sus zapatos estaban cubiertos de barro oscuro. Tenía las rodillas sucias y temblaba tanto que apenas podía mantenerse de pie.

Arturo dejó caer su portafolio.

—¿Qué está pasando aquí?

Valeria, su prometida, corrió inmediatamente hacia él.

—Gracias a Dios llegaste.

Lo abrazó con fuerza.

Arturo notó algo extraño desde el primer segundo.

Valeria hablaba como si estuviera llorando, pero