que esa firma no es mía.
Él también se levantó.
—¿Con quién hablaste?
Lucía no se movió.
—Con un abogado.
La palabra cambió la habitación.
Álvaro dejó de hablar como marido ofendido y empezó a hablar como alguien que calculaba consecuencias.
—¿Le diste los archivos?
—Le di lo que necesitaba.
—Lucía, escucha. Si haces esto de forma equivocada, puedes hundirnos a los dos.
—Yo no hice esas operaciones.
—Tu nombre aparece.
—Precisamente.
Álvaro respiró hondo.
—Podemos arreglarlo.
—¿Cómo?
—Retiramos la garantía cuando se cierre la operación. Yo arreglo lo demás.