Mi mejor amiga me envió “por accidente” una foto abrazando a mi esposo. En lugar de reclamarles, la publiqué para felicitarlos… y a la mañana siguiente tenía 180 llamadas perdidas.

estallara el escándalo.

La fotografía no había sido una equivocación.

Tampoco era solamente una provocación.

Era una pieza del plan.

Querían que perdiera el control, los insultara públicamente, amenazara con arruinarles la vida y después apareciera como una empleada resentida que había robado información confidencial.

Si todo salía como esperaban, mi propia reacción serviría para desacreditarme.

Pero cometieron un error.

Olvidaron quién había diseñado la primera versión de Atlas.

Y, sobre todo, olvidaron que yo sabía leer algo más que los mensajes de mi esposo.

Sabía leer registros informáticos.

Abrí