Que Sophie seguía siendo mi hermana de corazón.
Había mentido tanto para proteger aquella imagen que casi terminé creyéndomela.
—Mamá —susurré—, voy a divorciarme.
Al otro lado de la línea escuché su respiración.
—¿Te hizo daño?
Miré mis manos.
—De muchas maneras. Pero ya salí de allí.
Mi madre comenzó a llorar.
—Entonces vuelve a casa cuando quieras. Tu habitación sigue siendo tuya.
Aquellas palabras me rompieron de una forma que ninguna amenaza había conseguido.
Me cubrí la boca.
—Gracias, mamá.
—No tienes que agradecernos. Solo prométeme que no vas