Y no es cierto?
—¡No!
—Entonces no entiendo por qué estás tan nerviosa.
Se quedó callada.
Yo saqué el teléfono y le mostré la fotografía.
—Míralos. Parecen felices.
—¡Fue un abrazo!
—Uno muy bonito.
—¡Emily!
—¿Qué?
Apretó los labios.
Durante unos segundos, pareció debatirse entre seguir interpretando a la amiga inocente o mostrarme cuánto me despreciaba.
Finalmente eligió lo segundo.
—Mira, voy a ser sincera contigo. Daniel lleva mucho tiempo siendo infeliz.
Asentí.
—Continúa.
—Ustedes ya no tienen una relación normal. Tú siempre estás trabajando, siempre pensando en proyectos, siempre