Seis horas inmóvil sobre el piso helado del baño Mientras mis hijos me mandaban mensajes explicando por qué no podían venir de inmediato, yo tenía la cadera rota, los labios secos y la mano estirada hacia una puerta que nadie abría.

que me dijera “échale ganas” por tercera vez, le respondí: —Hijo, échale ganas tú a entender que una cadera rota no sana con órdenes. Se quedó callado y después me pidió perdón. No fue una escena grande. Solo una disculpa torpe, pero sincera. Yo empecé a aceptar esas disculpas pequeñas sin confundirlas con reparación completa.
Don Fermín siguió pendiente. Pasaba cada mañana a tocar la ventana. No entraba si yo no respondía. Solo quería escuchar mi voz. Mis hijos al principio se incomodaban. Luego aprendieron a agradecerle. Teresa le llevaba