Seis horas inmóvil sobre el piso helado del baño Mientras mis hijos me mandaban mensajes explicando por qué no podían venir de inmediato, yo tenía la cadera rota, los labios secos y la mano estirada hacia una puerta que nadie abría.

miré sin confiar del todo. —¿Y esto? Óscar tragó saliva. —La licenciada Graciela nos dijo que si queríamos ayudar, empezáramos por lo que sí necesitas, no por lo que queremos decidir. Me quedé callada. No era perdón. Todavía no. Pero era un comienzo menos vergonzoso que sus cálculos detrás de la cortina.
La convivencia no se arregló en una semana. Iván seguía llegando tarde. Teresa a veces se quejaba de que sus hermanos cargaban menos. Óscar se desesperaba cuando yo no avanzaba rápido con el caminador. Un día, después de