como herencia adelantada. También aprendieron que las casas no se vuelven disponibles porque el cuerpo de quien las habita empieza a fallar. Mi casa siguió siendo mía. No como capricho, sino como raíz. Ahí estaban las marcas de estatura de mis nietos en la pared, las plantas que mi esposo sembró antes de morir, la mesa donde mis hijos hicieron tarea y el baño donde entendí que podía morirme esperando a quienes decían amarme.
La licenciada Graciela me ayudó a ordenar todo. Hice testamento nuevo, poder médico limitado y un
Seis horas inmóvil sobre el piso helado del baño Mientras mis hijos me mandaban mensajes explicando por qué no podían venir de inmediato, yo tenía la cadera rota, los labios secos y la mano estirada hacia una puerta que nadie abría.