estaba siendo atendida.

Le pregunté si debía ir.

Él dijo que quizá era mejor no alterar más las cosas hasta tener información clara.

Y yo acepté esa respuesta porque me convenía.

La cobardía casi nunca llega vestida de monstruo.

A veces llega con una frase práctica.

Mejor esperar.

Ahora, de pie en la habitación vacía, abrí mi historial de llamadas.

Veinticinco llamadas perdidas.

Todas del hospital.

Veinticinco oportunidades de contestar.

Veinticinco veces en que alguien pudo haberme dicho que mi esposa se desangraba, que mi hijo iba a nacer demasiado