en la pantalla con una foto de ella en un balcón, sonriendo, con gafas oscuras y el mundo entero pareciendo pertenecerle.

No contesté.

El teléfono vibró de nuevo.

Bernard.

Miré su nombre y sentí algo abrirse por dentro.

No ira limpia.

Algo más sucio.

La conciencia de haber delegado mi alma a un hombre que conocía mis peores prioridades y las administraba con eficiencia.

Contesté.

—Señor Vance —dijo Bernard—. Por fin. Elena está muy alterada. Me dijo que fue al hospital. ¿Está usted con Meline?

No respondí.

—Señor, es importante