mi esposa.
Su esposa.
La corrección no estaba en la palabra de la enfermera.
Estaba en la realidad.
Meline se había ido sin mí.
—¿Sabe adónde?
La enfermera dudó.
—No puedo darle esa información sin autorización de ella.
Yo habría exigido.
Antes.
Habría llamado al director del hospital.
Habría amenazado con donaciones retiradas, contratos perdidos, abogados.
Ahora no pude.
La carta seguía en mi mano como una orden moral que ya no podía desobedecer.
—Entiendo —dije.
La enfermera pareció sorprenderse.
Yo también.
Entonces mi teléfono vibró.
Elena.
El nombre apareció