las primeras ecografías.
También había un llavero.
Una llave.
No de nuestra casa.
De otro lugar.
Y una nota.
“Damen,
Si llegaste hasta aquí, entonces por fin hiciste algo sin que nadie te lo ordenara.
No vengas a buscarme para pedir perdón.
No vengas para verme llorar.
No vengas porque te sientes culpable.
Si vienes, trae la verdad completa.
Trae el nombre de nuestro hijo.
Y ven solo.”
La nota no tenía dirección.
Levanté la vista hacia Rosa.
—¿Dónde está?
Rosa me miró con una dureza que me merecía.
—Con