Rompí una esquina.

La hoja tembló entre mis dedos.

Reconocí la letra de Meline antes de leer la primera línea.

Era inclinada, limpia, paciente.

Como ella.

“Damen,

Nuestro hijo nació el martes a las 3:17 a.m.

Pesó un kilo doscientos gramos.

Tenía tu nariz.

Nunca respiró.

Esperé 144 horas a que vinieras a conocerlo.

Ahora ya no tienes que preocuparte por nosotros.”

Leí la carta una vez.

Luego otra.

Después una tercera.

Había palabras que mi mente no aceptaba.

Hijo.

Nació.

Nunca.

Respiró.

Mis ojos se quedaban atrapados