escritorio.

—Ella dijo que usted sabría cuando estuviera listo.

—No sé.

—Entonces no está listo.

Y se fue.

Durante horas miré aquella llave.

Era pequeña.

De latón.

Sin etiqueta.

Podía abrir un apartamento.

Una caja.

Una capilla.

Un lugar que yo había olvidado.

A media tarde, recordé.

Antes de casarnos, Meline vivía en un pequeño estudio sobre una librería.

Nunca lo vendió.

Decía que no era por desconfianza.

Era por memoria.

Yo me burlé de eso una vez.

Le dije que las personas exitosas no necesitaban guardar salidas de emergencia.