dijo con odio. Eso fue lo peor para mí.
La oficina desapareció.
Solo quedó esa imagen.
Meline, agotada, rota, sosteniendo a un hijo que no respiraba y aun así buscando en su rostro una parte de mí.
No para castigarme.
Para darme un lugar en una despedida a la que yo no fui.
—Rosa —dije—. Por favor.
Ella negó.
—No me suplique a mí. Yo no soy la mujer que esperó seis días.
Se dio la vuelta para marcharse.
—Espere.
Rosa se detuvo.
—¿La llave?
Miró la llave sobre el