dos recibos y una caja metálica pequeña.
Gabriel la reconoció.
Había pertenecido a Isabel antes de que él se marchara a Madrid.
La usaba para guardar fotografías, recibos importantes y las pocas cartas que intercambiaban cuando alguno pasaba días fuera.
—¿Todavía la tienes? —preguntó.
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Isabel no respondió de inmediato.
Luego dejó la cesta y abrió la caja.
Dentro había
papeles viejos ordenados con una paciencia que Gabriel no esperaba.
No eran pruebas espectaculares.
Eran restos de una vida detenida: recibos de reparaciones, notas médicas del embarazo, cartas familiares y