la oscuridad.
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Desperté tendida sobre el pavimento gélido contemplando el cielo plomizo de la tarde. El aire me faltaba por completo; cada inhalación se sentía como una puñalada profunda en el costado izquierdo.
Un grupo de peatones formaba un círculo a mi alrededor. Un hombre con chaqueta de mezclilla se arrodilló junto a mi cabeza, sosteniendo mi mano temblorosa:
—¡No te muevas, por favor! ¡La ambulancia ya viene en camino!
Traté de pronunciar una palabra, pero de mi boca solo escapó un quejido ahogado.