tuya.
—Marco no volverá a acercarse a ti.
—Eso tampoco arregla lo que hiciste tú.
—Lo sé.
—¿De verdad?
Se pasó ambas manos por la cara.
—No dejo de pensar en cuando te obligué a arrodillarte.
—Yo tampoco.
—Mi padre me dijo que hiciera que te disculparas.
—Tienes treinta y dos años, Adrian.
Bajó la cabeza.
—Lo sé.
—No eres un niño obedeciendo a su padre.
—Lo sé.
—Elegiste hacerlo.
—Sí.
Era la primera vez que no intentaba añadir un “pero”.
Eso importó.
No lo suficiente para recuperar la boda.