flores amarillas y ventanales diáfanos por los que se colaba la brisa limpia.
En la pared principal de la sala enmarqué dos tesoros: el dibujo de la casita de ventanas azules que Lily trazó en el hospital y, a su lado, la nota que escribí en mi coche el día que decidí no dejarme manipular.
Una tarde de llovizna, al cumplirse el primer año de mi salida de la mansión, papá vino a cenar a casa. Mientras Lily acomodaba con orgullo los platos y nos mostraba las seis flores nuevas