sí misma. Yo empecé a apuntarlo todo para saber que no estaba loca.
Nuria palideció.
—Eso no demuestra nada.
—Demuestra mi vida.
Javier comenzó a temblar.
Nuria giró hacia él.
—Di algo.
Él la miró.
Por primera vez no buscó permiso en su rostro.
—Nicolás tiene razón.
Nuria se levantó.
—¿Perdona?
Javier confesó.
Contó las transferencias, las deudas, los documentos y las conversaciones en las que Nuria le había asegurado que, si los padres parecían incapaces, sería más fácil controlar la casa. Admitió también que había participado voluntariamente al principio.