Volví sin avisar a Valencia y escuché a mi padre pedir permiso para sentarse en la mesa que él mismo construyó. Mis padres cenaban en el cuarto de herramientas mientras Nuria brindaba en su salón. Ella dijo: “Mejor comed en vuestro cuarto para no molestar”. No discutí, bloqueé las cuentas y llamé a mi abogado, hasta que vi lo que mi padre escondía bajo la tabla.

No intentó presentarse como víctima.

—Lo permití porque tenía miedo de volver a perderlo todo —dijo—. Y porque estaba enfadado con Nicolás. Pensaba que esta casa me correspondía por haberme quedado aquí.

Manuel lo observó con una tristeza serena.

—Te quedaste en mi casa. Eso no significa que te quedaras conmigo.

Javier bajó la cabeza.

Nuria empezó a gritar que todos eran unos desagradecidos, que sin ella las cuentas serían un desastre, que Nicolás aparecía con dinero después de años de ausencia y ahora fingía ser el salvador.

Y en