junto a la sien. Cuando oyó mis pasos abrió los ojos.
—Lucía…
—Once meses, Andrés.
Las lágrimas le corrieron
por las mejillas.
—Perdóname. No quería asustarte.
—Soy tu esposa. No una extraña a la que hay que proteger de la verdad.
—Tenía miedo —dijo.
Esas tres palabras me callaron. Nunca había oído a mi marido admitir que tenía miedo. Me senté a su lado y le tomé la mano temblorosa.
—¿Y todas esas noches fuera de casa?
—Tratamientos. Consultas.