a ocupar espacio en la casa debía “aportar valor”. Lo decía con ese tonito de mujer que presume modales en público y escupe veneno en privado.
Jamás me dio las gracias. Jamás me llamó suegra. Para ella yo era “Lourdes”, seco, corto, como si quisiera arrancarme hasta la jerarquía que me correspondía por edad.
—Lourdes, el jugo está tibio.
—Lourdes, no uses esa vajilla que es para visitas.
—Lourdes, apúrate con la ropa de los niños.
—Lourdes, si vas a barrer, barre bien.
Marcos se escondía detrás del trabajo, del