teléfono, de su propio duelo mal digerido. Cada vez que yo intentaba hablar con él, encontraba una pared.
—Mamá, no empieces.
—Mamá, no hagamos más difícil esto.
—Mamá, Patricia solo intenta organizar la casa.
La casa.
Cada vez que decía “la casa” como si yo fuera una intrusa, sentía un pequeño entierro en el pecho.
Mis nietos fueron el único consuelo y, al mismo tiempo, la herida más profunda. Emma me seguía buscando a escondidas. Se sentaba conmigo en el cuarto de servicio y me contaba sus problemas de la