escuela, como siempre lo había hecho. Pero ya lo hacía con miedo de que su madre la viera. Dylan, más pequeño, no entendía nada; solo sabía que su abuela ya no tenía cuarto bonito, ya no se sentaba a la cabecera y ya no parecía mandar en nada.
Un día Emma me preguntó en voz baja:
—Abuela, ¿te hiciste pobre?
Tuve que morderme por dentro para no llorar delante de ella.
—No, mi amor —le respondí—. Solo estoy viendo cosas que antes no podía ver.
Patricia empezó a invitar a