Volví del entierro de mi esposo y mi nuera me arrojó al cuarto del perro creyendo que yo era una viuda sin nada, sin imaginar que guardaba diecisiete millones, una mansión en Cancún y la verdad capaz de destruir su mentira

rápida que sus planes.

Yo había encontrado la documentación pocos días antes del funeral, mientras buscaba unas pólizas de seguro. Al principio me derrumbé al imaginarlo ocultándome semejante regalo con esa sonrisa traviesa que aún parecía vivir en sus corbatas. Luego comprendí lo que había hecho. Roberto me había blindado. No solo quería dejarme dinero. Quería dejarme libertad.

Y yo, por dolor, por estupor, por el golpe brutal de la muerte, había tardado demasiado en moverme.

Hasta que una mañana, mientras Patricia estaba en el spa y Marcos en la