oficina, llamé al abogado de Roberto.
—Fernando Álvarez al habla.
—Fernando, soy Lourdes.
Hubo un silencio breve.
—Señora Mendoza —dijo al fin, con alivio—. Llevo meses esperando esta llamada.
Fui a verlo esa misma tarde, fingiendo ante Patricia que iba al supermercado. La oficina de Fernando estaba en el centro, fría, elegante y silenciosa como un banco. Cuando me senté frente a él y vi las carpetas sobre su escritorio, me temblaron las manos.
Lo que me mostró no fue solo una herencia. Fue un mapa entero de mi verdadera