un cerrajero, cambiar chapas y ver a Patricia patalear desde la banqueta.
Pero no lo hice.
Porque ya no se trataba únicamente de recuperar mi comodidad. Se trataba de saber la profundidad exacta de la traición.
Y el destino, que a veces es cruel pero también preciso, me entregó esa respuesta antes de lo que esperaba.
Un viernes por la tarde Patricia dijo que iría a yoga. Salió más arreglada de lo habitual, con un vestido crema ajustado, labios pintados de un rojo joven y un perfume que no usaba