Volví del entierro de mi esposo y mi nuera me arrojó al cuarto del perro creyendo que yo era una viuda sin nada, sin imaginar que guardaba diecisiete millones, una mansión en Cancún y la verdad capaz de destruir su mentira

un cerrajero, cambiar chapas y ver a Patricia patalear desde la banqueta.

Pero no lo hice.

Porque ya no se trataba únicamente de recuperar mi comodidad. Se trataba de saber la profundidad exacta de la traición.

Y el destino, que a veces es cruel pero también preciso, me entregó esa respuesta antes de lo que esperaba.

Un viernes por la tarde Patricia dijo que iría a yoga. Salió más arreglada de lo habitual, con un vestido crema ajustado, labios pintados de un rojo joven y un perfume que no usaba