Volví del entierro de mi esposo y mi nuera me arrojó al cuarto del perro creyendo que yo era una viuda sin nada, sin imaginar que guardaba diecisiete millones, una mansión en Cancún y la verdad capaz de destruir su mentira

para hacer ejercicio. Había en ella una ligereza extraña, casi feliz. Decidí seguirla.

La vi manejar hasta un hotel boutique del centro. Esperé unos minutos y entré. Desde la zona del bar la observé sentada junto a un hombre de traje azul marino, más joven que ella, demasiado confiado, demasiado cerca. Se reían como amantes. Se rozaban las manos sobre la barra. En un momento él le pasó una carpeta. Patricia la abrió, revisó papeles y sonrió de esa forma codiciosa que ya conocía. Luego se besaron.

Mi estómago se