cerró, pero no por celos familiares ni moral herida. Lo que vi fue otra pieza del rompecabezas. Tomé fotos discretas con mi teléfono. Escuché el nombre del hombre cuando el mesero lo saludó: David Carrera.
Esa noche Patricia volvió diciendo que su clase había estado “maravillosa”. Le contó a Marcos que necesitaba más espacios para sí misma porque “el estrés del luto sigue muy fuerte en esta casa”. Mi hijo, pobre y ciego, le acarició la mano. Yo serví la cena con la calma de un verdugo que afila la